Introducción

El proyecto educativo del Colegio Pierrot es una alternativa pedagógica para estudiantes que no encuentran respuesta a sus inquietudes de aprendizaje en los colegios tradicionales, razón por la cual, la comunidad educativa del colegio considera la influencia de otros factores que intervienen en el aprendizaje, por ejemplo, su historia, gustos, afectos y capacidad para aprender, y sobre todo, la calidad del educador que se responsabiliza por su aprendizaje.  En la experiencia del Colegio Pierrot, esta condición de mediación se extiende al conjunto de la organización, pues la profundidad de las demandas de los estudiantes exceden con largueza el concepto “necesidades educativas especiales” de carácter pedagógico, presentando una aguda dimensión psicosocial que amplifica los desafíos del aula pierrotana, lo que ciertamente desborda ese espacio específico.

En este contexto de “desempeño difícil” que presentan los colegios que han asumido proyectos de integración, desafiados por la “marginación por inclusión”[1], la propuesta fundacional del Colegio mantiene su vigencia como una herramienta consistente para gatillar iniciativas de cambio tan esquivas a los entornos escolares (propensos al carácter cíclico de la desesperanza, el pesimismo y la negatividad con que se expresa el desgaste de la energía profesional).  El Colegio Pierrot no es ajeno a las múltiples tensiones y desencuentros que recorren la escuela en la sociedad actual, poniendo en cuestión el contrato fundacional que le es propio en relación a la función social de selección y diferenciación que contiene.  La demanda por “calidad” es elocuente expresión de lo anterior, en cuanto a la pertinaz imposibilidad de traspasar las barreras que imponen las profundas desigualdades que revela el sistema escolar nacional desde sus tres modalidades;  desigualdad que lamentablemente reconocemos como rasgo distintivo de la sociedad chilena actual, y que sólo recientemente comenzamos a deconstruir.

En su historia de tres décadas, el Pierrot ha transitado por esas tres modalidades, y contra toda inercia, su sello distintivo siempre ha mantenido la inclusión como centro de su existir, animado, además, por la condición de pertenencia a una comunidad y la responsabilidad que de ello deriva.

[1] Es decir, la perversa situación de permanecer en la escuela sin garantías de aprender.

A continuación  podrá  encontrar  presentación que nos revela la fundamentación teórica  de nuestro PEI.

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